jueves, 14 de febrero de 2019

ACUÉRDATE, SEÑOR

Acuérdate, Señor, del hombre humilde
al que no dejan vivir sobre la tierra.
Mira sus esperanzas: las ha posado en ti.
No dejes ser tu mundo confín de la injusticia,
ánfora hueca, vacía de Principios.
Apiádate de aquel a quien se dificulta conseguir su pan
y el sustento de sus hijos entre la maldad y la apatía
trocadas en egoísmo destructor.
Guarda al que llaman «extranjero» y se desplaza con pasos precarios
en un círculo ruin de acerada indiferencia.
Saca, oh Señor, la belleza del poema,
la belleza de las vastedades,
y préndelas del corazón humano
para que diga el opresor:
«He comido bastante y he bebido bastante;
dejaré comer y beber a mis hermanos,
porque toda ganancia excesiva es mal habida
y es por naturaleza y peso propio afrenta contra Dios»;
y suceda que comen y beben los hermanos
solo hasta el punto de saciar su hambre
y de anular su sed
y no toman más de la porción debida, 

y no se hacen indignos de la compasión con insolencias.
Manda, Señor, sentido de la equidad entre los hombres,
conciencia de su pequeñez, conciencia de su brevedad,
conciencia de su condición perecedera...
¡Líbranos del cinturón de la avaricia!
¿Cómo ha de acumular un hombre, Señor,
lo que no ha de gastar en doce vidas,
en ocho vidas, en cien vidas, o hasta
en dos y media y hasta en dos?
Conduélete de la Humanidad, Señor, alejada de tus leyes,
adicta a sus leyes propias, sentando la iniquidad
como la norma.
Dale, Dios mío, un día al hombre
un golpe seco con un leño seco
y párteselo en dos sobre la cabeza
para que pueda ver su necedad
al exhibir derroche frente a los hambrientos
y vestir desmanes frente a los desabrigados.
Acuérdate, Señor, del hombre humilde
al que no prestan atención cuando se expresa
ahogado por la timidez
porque a sus palabras no encuentran importancia,

antes dicen: «¿Y este, qué nos puede dar?
¿acaso pretendéis que nos detengamos a escucharle o a aplaudir
sin expectativas de logros?
Mejor nos alejaremos, no se cierna su pobreza sobre nosotros
o le urja algún favor nuestro».
Rompe, Señor, la indolencia y la plebeyez
y haznos dignos partícipes de tu Pan.
Oh, Supremo Dador, fe y única y última
esperanza mía,
bien sé que eres infinito
y todo lo sometes y todo lo gobiernas
y que en tu gran Altitud tendrás tu Plan
que mi humano corazón no alcanza comprender a plenitud,
perdona o castiga mi propia necedad,
perdona si te ofenden mis palabras,
pero un día persigue al perseguidor, oprime al opresor,
roba al ladrón, juzga al juez, calla a los que callan,
ponles leyes a quienes ponen leyes, haz confesar al confesor,
somete a los abusadores y levanta a los seres maltratados...
y vencidos...
sin encimarlos, para que no se revierta la opresión
y porque todo hombre encimado es una plaga.
Así lo pido, Señor, y si lo quieres,
y si te place, y sin que te acuse,
castígame con lo merecido si esta oración sumisa constituye
una blasfemia, con lo que
–además de al ostracismo a que me condenarán los hombres-
me iría tranquilo y para siempre al fuego del infierno.





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(Del libro Los cantos sagrados)

Arrebátame la toga y el bastón, Señor


Por Leopoldo Minaya

Arrebátame la toga y el bastón, Señor, dame una azada
de hierro voluntarioso para labrar la tierra:
válgame de las manos resueltas y anodinas
antes que de palabra servil o mentirosa.
Porque mentiroso es el hombre, y su palabra
es mentirosa,
y mentirosos sus códigos, sistemas y ordenamientos;
sus leyes alzan zarpas y eventuales guaridas,
sus frases irradian duales, múltiples significados.
                      
¿Os parece justa la ley? ¿parece justa?
¡No cedáis ante la trampa de las apariencias!
Ignora el hombre la niveladora justicia de las aguas,
contradice el empuje de la ciega raíz…

La ley es la voluntad escrita de los poderosos
y su excepción es la voluntad no escrita de los poderosos,
y he de decírtelo, Dios, con expresiones rectas,
sin atavíos ni floreos, sin subvertir sintaxis,
sin pretender pontificar en… o desde el lenguaje
como hacen los artistas de la gala o el estilo;
mas, ¿he de llegar a ti con tales artificios...?,
¿a ti, que eres Maestro en todos los idiomas?,
¿a ti, que eres señor de todas las palabras?
La Verdad es la belleza inmanente, la belleza eminente,
la belleza evidente, la belleza quiescente...
¿y quién es ese que ha dicho: «La belleza no cabe en el poema
ni en la oración»?

Arráncame la vara, los símbolos de autoridad; dame un arado
de acero trabajoso para vetear la tierra.
Oblígame a plantar, Señor, produzca el cieno
el milagro del arroz, el eco de los pájaros…
Porque todo poder del hombre se sustenta en el engaño,
en su capacidad de engaño reside su «grandeza».
Divídese el mundo puntualmente
entre los que imponen el engaño por concupiscencia
y los que aceptan la artimaña por provecho
o debilidad.

¿Cuándo dirás, Dios mío: «Tomaré la Tierra
y la haré volver a sus orígenes, la haré temblar,
removeréla desde sus cimientos,
para que haya verdad de nuevo entre expansión y expansión
como fuera al albor, en los inicios,
antes de la dominación desmedida de la cosa,
antes del fuego y el heno, del resplandor terrible
de la conflagración,
antes de que alejárase el extremo del extremo
de la pizarra inmunda
y la negociación dolorosa del pecado»?

El hombre no tiene fe en ti, aunque lo diga;
no tengas fe en el hombre.

Cuando juremos buscarte,
no nos creas;
cuando aseguremos servirte,
no nos creas;
y si abrimos la boca
no nos creas.
¡No nos creas, no nos creas, no nos creas…!

Oh, Señor, como se corta un hilo
con tijeras deslumbrantes de tan nuevas,
¡por la sola dispensación de tu vasta Misericordia!,
¿por qué no quitas al hombre el libre albedrío,
haciéndolo obrar según tu Voluntad
para que adquiera encanto de olorosa madera,
y el júbilo se adentre en el redoble,
y nos redimas,
y amemos y abracemos y cantemos,
y nos salves a nosotros 
de nosotros…