jueves, 4 de julio de 2019

LA HORA LLENA



Portada  segunda edición (2007)
Edición 2007











     
La hora llena
(poemas de amor, pasión, locura, redención y muerte)










                  LEOPOLDO MINAYA



















© Aviso 1: Leopoldo Minaya y sucesores, 2007, 2020.

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Crédito portada: Pietà (escultura), Miguel Ángel Buonarroti, 1498-1499
Príncipe Editorial








 
                         
          ESTUDIO PRELIMINAR

EL SIMBOLISMO TRASCENDENTE EN LA POESÍA DE
                             LEOPOLDO MINAYA



«Un corderillo solo
y herido entre los bosques…»
                    (Leopoldo Minaya)

   Leopoldo Minaya es una de las voces más genuinas de la poesía dominicana contemporánea.  Autor de hermosos poemarios y diversos textos de narrativa infantil y teatro, ha incursionado en la lírica con una energía  emotiva, espiritual y dramática, que hace de la palabra una llama de amor y de la vida una fuente de hermosura, verdad y trascendencia.

   Cuanto los antiguos griegos reflexionaron sobre la poesía, que llamaron poiesis,  ´creación´, sabían que estaban hablando del fenómeno productivo que, mediante el concurso de la palabra,  gestaba una forma alternativa de la realidad, canalizada en sentimientos estéticos con su verdad y su belleza dentro.

   Se trata de una realidad verbal que funda un decir con un sentido hermoso y trascendente.  El hacedor de versos sabe testimoniar, en forma lírica y simbólica, lo que en la vida sucede, revelando lo que ha impactado su sensibilidad o su conciencia y, en tal virtud, puede recrear, con el lenguaje de las imágenes y la connotación de los símbolos, lo que mana de su corazón, dando cuenta de las verdades poéticas que su intuición atrapa. Igualmente puede reproducir la dimensión interna y mística de lo viviente, expresada con el fulgor de la belleza en su faceta hermosa y amable del Mundo.

   Al fijar mi atención en la obra literaria de Leopoldo Minaya, aprecio un trabajo creador con una calidad poética representativa de la literatura dominicana contemporánea, por la belleza de su forma y la hondura de su contenido.

   Leopoldo Minaya llamó la atención con la publicación de sus primeros poemas en los cuales pudimos apreciar la gestación de una voz poética fresca y remozante. [i]  El presente estudio sobre su creación poética está centrado en La hora llena, editado en 2007 en los Estados Unidos de América, donde actualmente reside el poeta.

   La poesía genuina constituye la expresión de una visión lírica y estética de lo viviente. La visión poética se distingue tanto de la visión científica, fundada en la certeza de una percepción objetiva de lo real, como de la visión filosófica, basada en la reflexión sobre la esencia de las cosas. La visión poética finca la certeza de su enunciado en una intuición estética nutrida en lo real.

   Desde luego, no siempre la expresión poética cuenta con la calidad que postula el fenómeno lirico. Suele ser trivial la poesía que describe la percepción de las cosas. La buena poesía recrea la emoción y la verdad que la belleza produce en la sensibilidad. Y la poesía superior expresa el encanto, el valor y el sentido simbólico  y trascendente que la belleza y el misterio despiertan en la conciencia. Esta última es la creación de los grandes poetas que intuyen verdades profundas expresadas con la emoción de lo viviente y la hondura de lo sublime.

   En sus poemas, Leopoldo Minaya[ii] potencia su caudalosa voz poética con el denso aliento creador y el entusiasmo fecundo bajo la onda de espiritualidad y el acento emocional que la nostalgia de sus versos concita. En su soneto Persistencia de la lluvia, el poeta ausculta, bajo la frescura del agua, el sentido profundo que su sensibilidad intuye y recrea:

Llueve. Llueve. Lo gris. La transparencia.
Las casas amorradas. Los cristales
empañados. El frío en los metales.
El recuerdo del vicio y la apetencia.

Llueve. Llueve. Golpea con insistencia
la gota en el tejado. Son rivales
acérrimos. Son manos y atabales
disputándose cetro y preeminencia.

Otro ruido no llega. Otro sonido
diferente del sordo de la lluvia
no se acerca ni cuelga del oído.

Solo la lluvia hurgando la vivencia...
Y un rum-rum interior. Solo la lluvia
horadando mi techo y mi conciencia.


   Leopoldo Minaya es un poeta abierto al doble influjo de la tradición clásica y moderna de la literatura.  Su creación lírica revela la huella de los poetas de nuestra lengua y de los creadores trascendentes de la literatura universal. La poesía moderna, a veces complicada y oscura, otras veces profunda y simbólica, perfila con inusitado aliento las gemas interiores de la imaginación lírica de un creador, que en el caso de Leopoldo Minaya, manifiesta lo que enaltece la condición humana. La creación poética de Leopoldo Minaya, consustanciada con la energía mística de lo viviente, se nutre de la belleza de la Creación y el encanto del Misterio.

   La alforja lírica de este valioso creador dominicano, impregnada de los veneros románticos, simbolistas e interioristas, potencia la facundia  creadora de su limpia inspiración. Clásico por instinto y moderno por formación, todo en él se aúna para hacer de su creación el cauce de una visión interiorizada y trascendente. Fluyen en las diversas creaciones de este  hacedor de belleza el acento del versículo bíblico, la huella de las jarchas mozárabes y el aire sutil de una voz milenaria que flota en sus imágenes sonoras y elocuentes. [iii]

   Piensa bien Leopoldo Minaya al decir que a menudo no entendemos el misterio de la vida, en la que vagamos como sombras errantes, aunque cumpliendo siempre un reto, una meta y un destino. No olvidemos que cada uno es el artífice de su peculiar derrotero.  El concepto de karma, que en sánscrito significa  “acción”, es el resultado de cuanto hacemos, puesto que toda acción provoca una reacción. Por eso, quien actúa bien, recibe recompensa y quien procede mal, cosecha un castigo inexorable. Tanto el cielo como el infierno se entienden desde esa perspectiva mística. Somos el resultado de lo que hacemos y a menudo realizamos lo que sentimos interiormente. De modo que, con ese razonamiento, cada uno hace a su modo y manera su vida, ya que la felicidad es el resultado de la paz interior, indispensable para la dicha, la armonía y el sosiego. Por supuesto, desde la poesía y la ficción es difícil orientar, pero la literatura ayuda a entender muchos fenómenos de la realidad, así como también permite asumir una apropiada exégesis literaria cuando ha sido concebida y plasmada con intención edificante y luminosa. La poesía de Leopoldo Minaya sugiere el alcance de su contenido que ilumina la vida interior y esclarece el sentido de la existencia humana.

   Desde la dulzura y la paz que manan de su corazón limpio y generoso, nuestro poeta proyecta una energía creadora y un entusiasmo contagioso que hace de su lírica un caudal de sensaciones entrañables, al tiempo que encauza el aliento gozoso de su sensibilidad fecunda.

   La vertiente espiritual y afectiva del numen creador de Leopoldo Minaya recrea el acento de una voz que tiene el eco del infinito. El tiempo, la muerte, la vida, el amor y la pasión son los temas que impregnan su poesía de un aliento angustioso y nostálgico, pero al mismo tiempo reflexivo y liberador,  que se alterna con  los saludables influjos de importantes autores  de la literatura universal, entre los cuales hay que mencionar los nombres de san Juan de la Cruz, fray Luis de León, Francisco de Quevedo, Jorge Luis Borges, Antonio Machado, Federico García Lorca y Constantino Cavafis, entre tantos creadores clásicos y contemporáneos.

   Cuando en un arranque de inspiración quevediana, el poeta expresa: “Quien escribe estos versos no comprende/ que es polvo, que es humo, que es ceniza”, no está sino potenciando una tradición ascético-poética que actualiza con su aire de aeda y visionario. Su potencia poética fragua una virtualidad  genesíaca con  belleza interior y hondura mística, conforme apreciamos en “Humo humanidad”, juego de palabras que aluden al étimo de base (humus significa “polvo”, “lodo”, “tierra”), pues del vocablo humo se forma la palabra humanidad, que alude al “barro que piensa”, según el decir lírico de Minaya.

Hablo del humo y hablo de lo humano,
hablando, en cada caso, por lo mismo:
la relación del pez sobre el abismo
se implica en la ecuación, si das la mano.

Va de intento: Timón cavó la gruta,
pues Pluto pereció, y fue humillado...
¿No es a Pluto a quien buscan en tu prado?
Y perder a un amigo, ¿no te enluta?

Al cabo del vaivén, nada es eterno...
¿Y podremos decirlo los poetas
o decirlo el pintor con su paleta?

No todo es material, algo es eterno,
espíritu-espiral, voluta-criba,
desmembramiento humano que trasciende
siendo humo (no pesa y se comprende
su vocación de andarse siempre arriba).



   Leopoldo Minaya canta lo que estremece su sensibilidad con una amorosa visión de lo viviente y una actitud empática ante lo real en cordial sintonía con la esencia espiritual del mundo. Ese modo de ser y proceder hace que el verbo poético, impregnado de una irradiación profunda, entusiasme y atice el vuelo del espíritu.

   Leopoldo Minaya no es un poeta superficial ni aéreo, sino un hondo escrutador de lo que sucede en la vida. Centra su atención en el discurrir de lo existente y cala el sentido prístino de lo viviente. Su talento creador otorga al poeta interiorista el poder de explayar en su poesía la dimensión usualmente imperceptible de lo real, al tiempo que subraya con fino humor y sutil ingenio la vertiente metafísica de lo viviente. Así en “Muerte” explora la razón del designio insondable que aniquila el soplo de la vida:

— ¿Qué impulso de la luz no se detiene
si lo ordena el vacío
de tus ojos?

Ante ti, como al soplo, me prosterno.
Ante ti, como en vado, me arremango...

Abruptas crepitaciones del carbón...

¡Oh, la piedra que cae más severa!

Ya deshecho el costado, ¿dónde anda
lo que vi, lo que amé, y lo que fuera!


   Leopoldo Minaya desarrolló la intuición de atrapar la dimensión singular de lo viviente, quizá el signo distintivo de los creadores auténticos, por lo cual sabe expresar, con su voz genuina y elocuente, el impacto que las cosas producen en el alma. Su voz lírica canaliza el vínculo entrañable  que el hombre establece con el mundo mediante la concatenación espiritual de lo existente. En “Círculo” al poeta le espeluzna el sentido de la vida:


—Entonces el bronce rodó por la pendiente,
desenredando voces estridentes o apagadas.
En profusión formaron la noche de los tímpanos,
una a una contaron historias verdaderas.
Una tras otra, otra tras otra, otras tras otras,
manifestáronse mientras duraba la caída.

Porque aquel que era el cuarto en orden ascendente
o descendente, de  los siete, saltó por el abismo.
Su caída era lenta, interminable, y en torno
de su alma giraban mordientes serafines:
por millares hilaban el blanco de sus ojos
y la música que ondeaba en libertad era sacra.
Y saltó. Se lanzaba al abismo sin fondo.
Y se dijo: “Acarreo lo bello y verdadero”.

Y en un tramo del viaje que duró largas noches
unió las dos puntas del cordón, formó un círculo,
comprendió que su viaje tenía un fin: el origen.


   El poeta desentraña la voz soterrada de las cosas o el rumor inefable de efluvios trascendentes. En su empeño de aprehender el trasfondo de sí mismo, el otro yo que atisba el enigma de lo Eterno, apuntala el testimonio lírico, estético y simbólico plasmado en “Acto y señal”:



—Vago gris de huracán.
                      Garra del pecho.

Alto día otoñal.
                     Violentas hojas.

Saludé cada árbol
                     que encontré por mi paso.

Estreché cada rama
                     en señal de amistad.


Franca delectación,       
                           sirvo el añejo.

Soy la liebre incorpórea.
                           Aquí reposo.

Soy la cara que sale
                          del espejo.

Soy yo mismo. Soy tú.
                             Y soy el otro.


   Los poetas están conectados a la fuente genesíaca de lo viviente. Ese es el más hondo manadero de la inspiración creadora al que acceden los poetas para hacer acopio de un fecundo torrente en las veredas de la cantera infinita, bien mediante la intuición de verdades profunda o mediante la recepción de revelaciones trascendentes. Así le acontece a Leopoldo Minaya, que busca auscultar la dimensión entrañable de fenómenos y cosas para testimoniar, con su voz fresca y diáfana, la vertiente luminosa de lo que sucede en la vida. Nuestro poeta canaliza en su poesía inspiraciones de orden divino en procura de la voz universal, “Ínterin” perfila esa dimensión simbólica:


Intacto borrador no corregido.
Ni poema, tal vez.

No es tintero.

Ni sonajero.

Ni pez.

...Solo un agarrarme
del vacío,
tan solo un quedarme
sorprendido
al hallarme entre
el ANTES...
               y el DESPUÉS,

medio absoluto, abstruso
abismo
entre el no ser
                         y el no ser,
como si parado en la punta
del regreso,
dijera: “Este es el haz,
éste el envés”.


   Deudor de Rubén Darío, Rainer María Rilke, Miguel de Unamuno, Jorge Luis Borges y Franklin Mieses Burgos, nuestro creador encarna la potencia lírica del genio poético que sabe conectarse a la memoria cósmica y a la sabiduría espiritual del universo en busca del numen iluminador. La alta poesía es una interpretación estética y simbólica de lo que acontece en la vida, expresada con emoción, belleza y verdad, mediante el lenguaje de la imagen y la certeza de la conciencia.

   Nuestro poeta tiene una honda visión de lo existente. Toco comienza con la convicción de la fe en los dones con que venimos a la vida para conocer y descifrar el Mundo, que está lleno de símbolos. Somos símbolos y habitamos símbolos, decía Emerson, cuya exégesis inquieta a Leopoldo Minaya con la clara conciencia de saber que hay un derrotero final en la inextricable sombra que abruma y desconcierta. A esa verdad irrebatible alude el poema “La piedra existencial”, espejo del tono borgeano que alumbra la base primordial de lo existente:

No soy la piedra que mató a Goliat
—a matar no me enseña el cristianismo—,
soy la piedra angular, soy basamento
bañado eternamente por un río.

Diversidad de piedras meteóricas,
alto y raro universo que respiro,
astros (lunas y soles y planetas)
que lucen, como dedos, sus anillos:
no soy la piedra de discordia.       
                                               En vano
arrimóse Satán a mis oídos.
¿Piedra filosofal?
                             ¡Nada tan bello!
¿Piedra de toque?
                            Duelo y esclavismo...
             
(Pero aquel que llegare hasta estas letras,
piedra filosofal es en sí mismo
—piedra filosofal que frote piedra
filosofal dará... oro macizo—,

y si hiciese brillar este poema,
colocando la piedra de su espíritu,
afirmando o negando o descreyendo,
será dueño de ⅓ de sus símbolos

...y en completa equidad, pues corresponde
-cual tributo al ambiguo logaritmo
recargado en los hombros de los hombres-
otro tanto al azar
                    o a los designios.)


   Cuando las cosas se ven con los ojos del alma, se aprecia mejor su dimensión hermosa y cautivante. La poesía que mana de un corazón enamorado, como el de Leopoldo Minaya, refleja un encanto que subyuga y un fulgor que esplende mediante el requiebro de las imágenes y el sortilegio de sus gemas interiores, simbólicas y deícticas, que son las que encienden el espíritu con la llama de lo Eterno. Leopoldo Minaya glorifica la intuición que acierta a fundar una creación que ni la misma muerte podrá triturar, como sugiere en “La oda sagrada”:


Contamos las historias, las edades,
porque desembocamos en la luz,
porque al compás de desiguales años
quisimos ser caballos de más brío.

“Ser o no ser”: dilema de existencia,
discursea el hondón de los sentidos,
y en profesión de fe y de los comienzos
nos vamos, con franqueza, de las manos....

Pero es así:
                    si piensa la materia
y me interpela por tu voz el barro
nos revelamos primordial progenie,
un salpique de icor corre en tu mano.

Pero es así.
                Nosotros, tan anónimos,
tan calladitos a mitad del prado,
por una vez vencimos a la muerte...
¡Victoria excepcional! ¡Gloria es nacernos
...que el espíritu escupe eternidades!


   El concepto de la donna agelicata, que idearon los antiguos neoplatónicos para aludir a la mujer cuya belleza impregnaba de gracia sus encantos, nos conecta a la llama de la fuente primordial, motivo y motor de la creación de Leopoldo Minaya, cuya lírica recrea esa visión esplendorosa de la gracia encarnada para orillar el venero intangible de lo Eterno. En su poema “Medio de los sentidos” la mujer es el amanuense de la gracia y de las verdades que por su mediación nos completa y nos redime, como se aprecia en sus versos encendidos de la llama divina que encandila:


  Ese pacto final entre las luces
y el ojo, el órgano impaciente,
raíz del ver (¡el mundo, multitudes!),
¿de qué vale?
                     Al fin nunca podemos
aprehender el objeto, sólo luces
reflejadas.

Así fijé en oír el Absoluto...
Llegó hasta mí la Voz Fundamental
y posóse en mis tímpanos malditos
no aptos para oír su funeral.
La razón me arrogué. ¿A qué escuchar invictos?
¿La derrota a qué suena en tu cordal?

Pensé: debo tocar, tocar, tocar, no puertas,
no linos ni amatistas ni oropel,
sino lo duro, lo blando, la textura,
principio de un saber reconocer;
pero ¿cómo podré tocarte, luna,
infinito gigante, orbe, granel
de astros, nebulosas transparentes,
idea, espíritu, esencia, Alto Saber?

Hay una alternativa que se ofrece:
—¿Nunca has tocado un cuerpo de mujer?


   La poesía genuina y auténtica, la que sale del corazón sensible a los encantos de la Creación, logra la forma que encauza la gracia sutil y la llama que enciende el aura incandescente mediante el rebol luminoso de la palabra creante para henchir el verbo de entusiasmo y pureza, remedo radiante de las apelaciones entrañables. En “Hijo pródigo”, Leopoldo Minaya quiere rehacer la relación fecunda del hijo con el Padre mediante la energía que empata el alma y los afectos. Como el relato bíblico, el poeta alude, simbólicamente, a la vuelta al manadero de la fe en la trascendencia, destino que a todos nos apela:

—Corrí una vez al aire y me perdí en el viento.
Toqué profundos páramos y timbres sostenidos.
Pero he vuelto, Dador, y hoy heme aquí en tus brazos
recibiendo tu amor a torrentes, a ciegas...

¡Señálame! Tu dedo no acusa ni me quema:
empuja mi costado para que libre gire.
¡Acógeme, Hacedor, iguálame a los tuyos
y te diré del múltiple agradecer infinito!

¿El cielo no tembló? Todo caía en racimos.
Yo mismo rodé ciego, desolado, en pedazos...

¡Acorázame: lléname del néctar de tus rosas!
¡Húndeme en los abismos o a tu altura levántame!


   Hay una singular expresión de amor en Leopoldo Minaya, que es la más clara señal de la ternura mística de su sensibilidad trascendente. En  “Retablo” aflora ese acordado sentimiento que permite sentir con el otro, compenetrarse con la situación de dolor o apremio de las criaturas, como lo revelan algunos poemas del poeta interiorista cuando pone en ejecución la capacidad de sintonía de su sensibilidad con el doliente corderillo que bala, desesperado, en su retablo, que lo asume como símbolo de la inquietud humana cuando reclama piedad y atención a sus cuitas y reclamos. En este hermoso poema  la persona lírica, sintiéndose abatida y sola, clama a la Divinidad, al tiempo que ausculta una peculiar faceta de la vida encarnada en el pastor, que plasma en una forma lírica enriquecida con ecos bíblicos y un acento entrañablemente pastoril y cordialmente bucólico. En el siguiente poema, el sujeto lírico se autodefine como “un corderillo solo y herido entre los bosques”, con lo cual ha creado una de las imágenes más hermosas de la lírica dominicana.[iv]


Un corderillo solo
y herido entre los bosques...

Un corderillo solo
                         (podrá crecer la hierba),
la voz adolorida que clama entre sollozos:
“¡Regrésame, Pastor, a tus rebaños! ¡Ámame!”

Noventa y nueve tienes,
                         noventa y nueve balan.
Noventa y nueve veces volverás en calma;
mas el próximo giro no te será apacible...
¡y yo esperando ardiente que tú me llames! ¡Llámame!

¿Cómo podré, yo solo, cruzar los altos muros?
Mi sino es perecer, perderme en la montaña...
¡Aborréceme tú, que con aborrecerme
tu espíritu de amor, me sentiré salvado!
                                                         
...Todo misericordia, me miras, me redimes,
y yo lloro y me quedo, como un niño, en tus brazos...[v]


   La ternura mística es la más clara señal del ágape divino. Y es un brote de amor puro el que mana de  la sensibilidad herida de compasión y dulzura, según apreciamos en los ardientes versos de Leopoldo Minaya.

   La verdad es un patrimonio de la conciencia en la que fundan su obra creadora los filósofos, iluminados y poetas. La verdad  poética, diferente de la verdad histórica y de la verdad filosófica, es un producto de la intuición, fuente inspiradora de la lírica trascendente. Leopoldo Minaya es el resultado de una corriente estética y espiritual que se ha nutrido de grandes iluminados y estetas, como William Wordsworth, William Blake, Charles Baudelaire, fray Luis de León, Miguel de Unamuno, Antonio Machado, Federico García Lorca, Rubén Darío, Pablo Neruda, Octavio Paz, Franklin Mieses Burgos, Manuel Rueda, Nelson Minaya y León David, entre otros valiosos creadores de la literatura universal y la literatura nacional. La suya es una poesía con los rasgos creativos de quien tiene voz propia, tono peculiar y tropo distintivo.

   Diez atributos perfilan el quehacer poético de Leopoldo Minaya que, al tiempo que connotan la peculiaridad de una creación, revelan, según mi estimación, la clave de una lírica que permite sentir y disfrutar la emoción estética y la verdad poética en su visión del Mundo. Esos atributos son los siguientes:

1-Virtualidad lírica mediante la cual capta y expresa la dimensión singular, prístina y primordial de lo viviente.

2-Poder de auscultación, desde una triple perspectiva lúdica, irónica y crítica, la faceta sensible de fenómenos y cosas para orillar el sentido estético, la connotación simbólica y la vertiente mística de lo viviente.

3-Vision espiritual y estética del Mundo a la que engarza una estrategia compositiva que integra lírica, narrativa y drama  para un propósito de atrapar, perfilar y expresar la dimensión peculiar de lo viviente.

4- Integración a su visión lírica y simbólica de la faceta descriptiva, musical y pictórica de lo existente, que una sensibilidad abierta y porosa como la de este poeta interiorista percibe y expresa con el valor sensorial y espiritual de su talante lírico.

5- Expresión de la dimensión prístina de fenómenos, cosas y criaturas mediante la cual da a conocer la faceta desconocida de lo existente.

6-Empleo de contrastes sonoros, léxicos y semánticos de voces y expresiones en procura de la dimensión sensible que resulta la faceta luminosa y edificante de las cosas.

7-Canalización, mediante el pertinente lenguaje poético, de la reacción emocional, intelectual y espiritual que las cosas producen en la sensibilidad  y la conciencia.

8-Creación de una forma expresiva fundada en elementos naturales con valor simbólico y sentido trascendente.

9-Valoración de la dimensión interna y mística de lo viviente para exaltar la faceta permanente de las cosas.

10-Ternura mística entrañable como expresión de una sensibilidad profunda, porosa a la belleza y el misterio para establecer una cordial sintonía con las cosas, mediante el sentir que ilumina y enamora.

   En fin,  la obra poética de Leopoldo Minaya revela la huella de una ardiente sensibilidad cuyo venero fecundo alienta una expresión lírica, estética y simbólica, rica en hondura interior y auspiciosa de una cautivante belleza trascendente.

                                                                           Bruno Rosario Candelier
                                                                                        Moca, 12 de agosto de 2008







[i] Leopoldo Minaya ha publicado Oscilación de péndulo (1984), Preeminencia del tiempo (1993) y La hora llena (2007).
[ii] Oriundo de Nagua, República Dominicana, Leopoldo Minaya nació en 1963. Se doctoró en Derecho y ejerce el magisterio en New York, donde hace vida social y cultural.
[iii] Varios autores han escrito sobre la creación poética de Leopoldo Minaya y todos subrayan el aporte estético de este valioso creador dominicano.
[iv] Con su frase “Un corderillo solo y herido entre los bosques”, Leopoldo Minaya creó una de las imágenes más hermosas que dan cuenta de la condición humana, al tiempo que permite evocar la lírica de san Juan de la Cruz  y, desde luego, apuntala el sueño interior que  toda criatura fabula.
[v]  Las ilustraciones poéticas de este estudio proceden del poemario de Leopoldo Minaya, La hora llena, West Virginia, USA, Obsidiana Press, 2007. 























La hora llena
(poemas de amor, pasión, locura, redención y muerte)




























A mis amigos fallecidos:
el poeta don Rodolfo C. Weber
y el filósofo Nelson Minaya;

a todos mis amigos presentes;

para toda la Humanidad.









Por encima de estanques, por encima de valles,
de montañas y bosques, de mares y de nubes…

te desplazas, mi espíritu, con toda agilidad…

Escápate muy lejos de estos mórbidos miasmas,
sube a purificarte al aire superior…

¡Feliz aquel que puede con brioso aleteo
lanzarse hacia los campos luminosos y calmos!

Aquel cuyas ideas, cual si fueran alondras,
levantan hacia el cielo matutino su vuelo
—¡Que planea sobre todo, y sabe sin esfuerzo
la lengua de las flores y de las cosas mudas!

                                        C. Baudelaire






















DESIGNIOS











































EL ÚLTIMO REGRESO


Madre, no quisiera
que me hundan en la tierra cuando muera,
ni que tapien mi cuerpo en oscuros pabellones,
ni que esparzan al viento mis cenizas,
ni me arrojen al mar por la cubierta.

No vengo de la tierra,
no soy del polvo... y en polvo...
¿por qué he de convertirme?
No vengo del granito ni del mármol inhóspito
ni del concreto seco;
no provengo del mar ni de la pira.

Vengo de ti,
de la blanda carne maternal,
de la sangre amorosa y de tu llanto.

Vengo de tu inquietud,
de tus angustias,
de la inseguridad segura de tus días,
vengo de la verdad de tu existencia.

Ay, madre, qué será de mí
cuando ya no pueda
sostenerme en pie
ni atrapar con mis ojos el amplio derredor,
cuando todo oscurezca de repente
y ya no sienta ni el frío que me invade.

Aléjame la ropa y la madera,
regrésame al origen y al silencio,
regrésame a tu vientre ya dormido,
con tus manos consuma mi esperanza,
y desnudo, pequeño e indefenso...
reclámame, recógeme y desnáceme.





PRESAGIOS


I
—¡Loor al reposo! ¡Loor al reposo!
¡Loor al reposo!

(Las voces resonaron,
abierto el paredón.)

                  —¿No has visto en ti
a tu otro padre?
Míralo (él te mira);
ve su cuerpo
yacente.
Ve su rostro labrado:
ceniza y esplendor.

—Veo un cuerpo quemante
cómo envuelve
mi cuerpo
con briosa quietud
de desnaciente sol.


II
…Nos han vedado ser
continuación de imágenes:
lámpara que al apagarse
alumbre alrededor,
soplo que no resbale
por la garganta
del pífano...


Nos han vedado ser...

III
Mientras nos quede un chorro
temblante de luz ebria
y no blasfeme aún
la boca del censor
(al más templado espíritu
aun su larva hace mella),
poetas, cantemos al reposo;
poetas, salgamos a su paso,
amémosle primeros en la grey de los mortales,
montemos en su carro perenne, universal.



















El RELOJ


—El reloj gobierna las cosas, este mundo.
El reloj detiene la puerta, los deseos.
El reloj entierra lo que
su esfera choca.
¡Helo! Cuatro cuadrantes...
un hilo suspendido.

El reloj es la fuerza centrífuga:
                                             dispersa
las emociones,
                      rompe
las añoranzas…
                designa
su ir y venir hacia donde no espera nadie
a otro Nadie que espera
callado y escondido.

Son las diez menos cuarto. Respiras. Manotazos
al aire... y te engañas, te engañas,
te engañas: son las cinco.
Tú distante en la hora, tú exultante, despierto;
tú distinto en el tiempo, y para el tiempo es lo mismo…





















MUERTE


¿Qué impulso de la luz no se detiene
si lo ordena el vacío
de tus ojos?

Ante ti, como al soplo, me prosterno.
Ante ti, como en vado, me arremango...

Abruptas crepitaciones del carbón...

¡Oh, la piedra que cae más severa!

Ya deshecho el costado, ¿dónde anda
lo que vi, lo que amé, y lo que fuera!






LA PUERTA

—¿Y si despierto?
¿Y si me inundo
de grácil brillantez
-de ruidosa mudez-
en la redonda noche?

¿Si a toco a tientas
mis manos
al filo de la  luz
-al hilo de la luz-
y no me encuentro?

¡Retransfiguración!
                           ¡Retrans-
figuración!
Dirán: La carne
se hizo verbo
cuando quería ser blanca
madera de los álamos...

¡Y ya
no se hable más!

                   Falsos acordes,
guturales sonidos,
                           ¡callad!

¡Los hilos del a-h-o-r-a la hora
se destrenzan,
los lazos de la h-o-r-a
se destejen…
y ya llevo el silencio
por librea!

Noche de los cánticos azules,
¡oh, noche de los cánticos azules,
voy vistiendo el silencio
por librea!

TRAZOS

Cantores fuimos, y tuvimos
un corazón...

Cantores fuimos.

También a nosotros
nos tocó vivir,
arremolinarnos en misa
de domingo,
correr tras la sustancia dadora,
                                    estremecernos,
 pecar:
          dudar... (dudamos
al hincar las rodillas).

Como tú,
            como el otro,
entramos en la vida.
Partimos desde el grito, ancestro
del vocablo.
Nos alegraba el grito, pero anunciaba
el llanto...
Dijimos: —Todo grito
no nombra a la alegría.

Aprendíamos a labrar...
                                      Mas ¡ay!,
almas solitarias...
cantores fuimos, y tuvimos un corazón...
un corazón infantil que no se ha ido
tras el rebote ruin de la pelota...
(si era redondo el Orbe, ¿a qué
una bola elástica?)

Cantores fuimos, y tuvimos
un corazón...
Cantores fuimos: libramos
nuestras guerras.
Cuando hubo guerra, cantamos de las guerras;
cuando hubo paz, rozamos los abismos...



CÍRCULO


—Entonces el bronce rodó por la pendiente,
desenredando voces estridentes o apagadas.
En profusión formaron la noche de los tímpanos,
una a una contaron historias verdaderas.
Una tras otra, otra tras otra, otras tras otras,
manifestáronse mientras duraba la caída.

Porque aquel que era el cuarto en orden ascendente
o descendente, de  los siete, saltó por el abismo.
Su caída era lenta, interminable, y en torno
de su alma giraban mordientes serafines:
por millares hilaban el blanco de sus ojos
y la música que ondeaba en libertad era sacra.
Y saltó. Se lanzaba al abismo sin fondo.
Y se dijo: «Acarreo lo bello y verdadero».

Y en un tramo del viaje que duró largas noches
unió las dos puntas del cordón, formó un círculo,
comprendió que su viaje tenía un fin: el origen.






















ALERÓN

El suicida se alegra del vacío.

—Ya cayó (lo dice
el ojo del transeúnte).

—Tú, ¿quién eres tú?
¿de dónde vienes?

Tiene esposa, hijos, poco sueño
y una herida profunda…
                               Entre estertores
salta


           el


                hombre
y reclama sus derechos
ante el otro —como siempre—
que lo salva.






















HUELLA


—Si al menos pudiera irme sin dejar una huella
y ser el mismo que ni fue ni vino
ni saludó
ni tropezó con un trozo de aire
en el invierno...

Si no fuera esta armazón la estatura que llevo…
o por arte alguno pudiera borrarme como a lápiz…
así no tendría nunca que llorar en las mañanas
ni sentir otro martillazo en mi corazón
sobre el yunque de acero
del tiempo y de los años.

(Inexistir no es tan fácil como quitarse unos guantes,
apurar una copa, guardar unas bufandas…)

Pudiera, entonces, ser algo de nada y andar
a mi gusto, invencible, sin que el viento me toque...

Yo que tengo dos ojos, una apetencia larga…
ondeo el pabellón de los adioses.























ACTO Y SEÑAL
   A  J. L. Borges

—Vago gris de huracán.
                      Garra del pecho.

Alto día otoñal.
                     Violentas hojas.

Saludé cada árbol
                     que encontré por mi paso.

Estreché cada rama
                     en señal de amistad.


Franca delectación,       
                           sirvo el añejo.

Soy la liebre incorpórea.
                           Aquí reposo.

Soy la cara que sale
                          del espejo.

Soy yo mismo. Soy tú.
                             Y soy el otro.

Sublime paridad
                          de los reflejos:

quien lo dijo lo ha dicho
                         por nosotros.
                        


Nos vincula el pensar
                        de las arenas,

la llena vaciedad
                       del cuenco roto,

el radio, el centro,
                       el doble semicírculo,

el viraje final
                       y los redondos

designios que a un compás
                              se precipitan...

(los chubascos empapan
                           todo a todos).


¡Franca delectación,
                            sirvo el añejo!

¡Soy la liebre incorpórea!
                            Aquí reposo.

¿No es la cara de dentro
                            del espejo

la que alienta y lo empaña
                            con su soplo?























ALMAS MUERTAS

—Voz
como de muerto,
voz
de Lázaro resucitado.

Como una cadena,
los instantes pasan por mis dedos.

Ancestral,
esta noche es de almas muertas
y fantasmas de corbatín...

                                   ¡Penetra,
Muerte, ven con tu hambre a cuestas!
¡Ven con el esqueleto que al viento zarandeas!
¡Vente con la ponzoña, la mandrágora, el cardo!

¿Y quién me estará supliendo
de la vital esencia?
¿Qué mantiene mi pecho
arriba, a más, flotando?

Irreales,
esta noche se sueltan todos los fantasmas
y se espantan de nosotros, ¡tan iguales!,
y se igualan a nosotros, ¡espantos tan reales!

















ÍNTERIN

Intacto borrador no corregido.
Ni poema, tal vez.

No es tintero.

Ni sonajero.

Ni pez.

...Solo un agarrarme
del vacío,
tan solo un quedarme
sorprendido
al hallarme entre
el antes...
               y el después,

medio absoluto, abstruso
abismo
entre el no ser
                         y el no ser,
como si parado en la punta
del regreso,
dijera: «Este es el haz,
éste el envés».



















NI SÉ SU NOMBRE...


Alguien
nos toca el sexo
(la voluntad más fuerte);

alguien
nos toca el hombro
(la redondez más burda);

alguien
(no sé su nombre, no sé su quién)
nos espera

agazapado en la tierna
solemnidad de la arruga...

Alguien que gesticula
con propiedad,
                        cuyas manos
se ven
como quien empuja
camellos amaestrados
por el revés de una aguja.


















PASOS

—Si das un paso más
avanzarán las horas,
y andando hacia adelante,
ciertamente regresas.

Si das un paso atrás
alcanzarás tus dudas;
vuelves seguramente
al origen de siempre.


(—No dudes: cada lado
guarda el deseo inmenso
de engullirte despierto.

—No dudo: arriba, abajo,
de los que soy el puente,
se mueven según gire,
giran según me oriente.)


Origen, siempre origen,
coordenada: el eje
del  espacio se corta
con el eje del tiempo.

Origen, siempre origen,
encrucijada, puerto
del que nunca ha nacido,
del que ahora ya ha muerto.













VISIÓN


—De la noche
salgo,
de su vientre
dorado,
para dar cuenta y fe
de la visión.

De la noche, salgo.

Cuatro mil leguas
de entrañas oscuras,
siete mil horas
de hondura y duración,
oteando
y revolviendo símbolos,
pisando la maraña
del devenir insalvable.

No pude apoyar el pie
porque no había
lugar para suspiro.
¡Ea, contemplación!

Cuando oímos:
«¡Sálgase ahora
el ahora
del ahora
y sobre el carro del tiempo
háganse dos!»

Triscan
como cabritos
dos lobeznos...
Apuran
a esconderse...

¡Entonces vimos
arder
montañas negras,

caer
la lava al mar...

e inquietarse el remanso
de las aguas!











































AZARES

                                                                       










































ALETEOS
   A Juan José Ayuso

Bóveda, extensión, cerrado azul,
poderosa explosión de lo mirado,
fuerza de la inmanencia, fuerza apenas...
¡tú que emerges, que empujas, que abandonas...!

¡Yo en mi centro rendido, yo en mí mismo!
Amo la libertad,  ¡yo subyugado!
Infinito aletear,
            mordientes olas,
                presencias que en sí mismas significan...
¿envolverse es la ley, abandonarse?
¿remontarse hasta el ser más olvidado?

¡Desoír los susurros y en el viento
soltarme de la cuerda a lo inseguro!

No volveré a escucharme más entre las quietas
arenas, entre el remanso y entre lo callado:
deambularé
                    (la luz, el infinito,
me cederán su espacio...)

De pie, sobre la roca, y mano
sobre mano,
dejo mi soledad, con fuerzas nuevas...
fuerza de la inmanencia, fuerza apenas...
¡poderosa explosión de lo soñado!















HUMO HUMANIDAD
  
Hablo del humo y hablo de lo humano,
hablando, en cada caso, por lo mismo:
la relación del pez sobre el abismo
se implica en la ecuación, si das la mano.

Va de intento: Timón cavó la gruta,
pues Pluto pereció, y fue humillado...
¿No es a Pluto a quien buscan en tu prado?
Y perder a un amigo, ¿no te enluta?

Al cabo del vaivén, nada es eterno...
¿Y podremos decirlo los poetas
o decirlo el pintor con su paleta?

No todo es material, algo es eterno,
espíritu-espiral, voluta-criba,
desmembramiento humano que trasciende
siendo humo (no pesa y se comprende
su vocación de andarse siempre arriba).

























EL PUENTE
   A Carlos Cabrera

El puente se despereza
como un gusano de seda;
los autos que lo recorren
son montoncitos de arena.
Sube, baja, tiende y une
el puente que siempre queda:
pasantes y paseantes,
cumplido el pase, se alejan...

Empieza el día. ¡Telón!
Paño de finas tinieblas.
Bajo un zumbido de máquinas,
el puente que se despierta.
Se planta un día indistinto
con noche y con tarde a cuestas.
Algo envidiosa del sol,
sale a rodar la moneda.

El prójimo se saluda,
gesto que nada le cuesta.
¿Aprecio de los humanos?
¡Vaya sistema de cuentas!
Desandado y pisoteado
por la humanidad artera,
diez mil veces recorrido
sin requerir recompensa
ni un abrazo solidario...
queda este puente que piensa.











EL NÚMERO
   A Juan José Jimenes Sabater

El secreto del número –el través
de todo lo mortal o aparecido-
ha sumado ha restado ha dividido
desoyendo las leyes de Moisés

Como grupo juntaron treinta y tres
Un siete son los sabios... y esculpido
hay un dos en la flecha de Cupido
y en el Gólgota –heridos- reinan tres

Difundió su semilla en epidemias
abolló las ubicuas polisemias
poseyó las medidas de las ágoras

Empapó cada cosa el lecho el vaso
y el mundo saltarín como un payaso
sobre la hipotenusa de Pitágoras



 IDENTIDADES
   A Nelson Julio Minaya

En verdad,
si yo fuera un hombre y no un metal ardiendo
me iría con la brisa a empujar el horizonte,
miraría los cúmulos rendirse de indecisos
y moteado de lluvia viviera el desafío.

En verdad,
si yo fuera un hombre y no un montón de nubes
cambiaría las corrientes de los ríos
por esa multitud que anida en las tabernas
con alas atorrantes de pájaros en fuga.

Si en vez de ser  río que agoniza y desagua
fuera hombre sensato y normal como los otros,
asomara a los balcones porque el sol se pone…
¡Adiós, arenisca en la boca de los deltas!

Heme aquí,
                      heme ahora,
desmembrando el ojo central del mediodía,
preso de una inquietud existencial que solo medias
logro calmar al subir y bajar por esta angustia.

Pero tendido quedo, como el vencido queda,
y sin desviarme sigo, como los trenes hacen.














CARTA A MI PADRE


Usamos el marfil del intelecto
para hollar la frontera en que existimos,
trajinar que lo hacemos..., que lo hicimos
cuando fuimos en pos de lo perfecto.

De nada nos sirvió el ángulo recto,
la entereza del número en los primos,[1]
si al pie de cada tarde nos morimos
no como lo hace el pedestal (erecto).

La locura era música y poesía
y tocamos su túnica vacía
como franco veneno del dolor...

Y en sus potros azules cabalgamos
la más dulce visión que Nostradamus
en pandectas jamás imaginó.



 LA PIEDRA EXISTENCIAL
   A Bruno Rosario Candelier

No soy la piedra que mató a Goliat
—a matar no me enseña el cristianismo—,
soy la piedra angular, soy basamento
bañado eternamente por un río.

Diversidad de piedras meteóricas,
alto y raro universo que respiro,
astros (lunas y soles y planetas)
que lucen, como dedos, sus anillos:
no soy la piedra de discordia.       
                                               En vano
arrimóse Satán a mis oídos.
¿Piedra filosofal?
                             ¡Nada tan bello!
¿Piedra de toque?
                            Duelo y esclavismo...
             
(Pero aquel que llegare hasta estas letras,
piedra filosofal es en sí mismo
—piedra filosofal que frote piedra
filosofal dará... oro macizo—,

y si hiciese brillar este poema,
colocando la piedra de su espíritu,
afirmando o negando o descreyendo,
será dueño de de sus símbolos

...y en completa equidad, pues corresponde
-cual tributo al ambiguo logaritmo
recargado en los hombros de los hombres-
otro tanto al azar
                    o a los designios.)










LA ODA SAGRADA
   A Ramón Emilio Reyes

Contamos las historias, las edades,
porque desembocamos en la luz,
porque al compás de desiguales años
quisimos ser caballos de más brío.

«Ser o no ser»: dilema de existencia,
discursea el hondón de los sentidos,
y en profesión de fe y de los comienzos
nos vamos, con franqueza, de las manos...

Pero es así:
                    si piensa la materia
y me interpela por tu voz el barro
nos revelamos primordial progenie,
un salpique de icor corre en tu mano.

Pero es así.
                Nosotros, tan anónimos,
tan calladitos a mitad del prado,
por una vez vencimos a la muerte...
¡Victoria excepcional! ¡Gloria es nacernos
...que el espíritu escupe eternidades!




















LA CONFESIÓN REAL

—Hacerla de rodillas no es hacerla.
¿De qué sirve si Dios escucha a solas?
No hay confesión real si algo se oculta
bajo el ala secreta del secreto.

Con estruendosa voz suéltate ahora,
desbroza de una vez la telaraña,
di si a alguno robaste alguna cosa
o te nombró el pecado de la usura.

...si la carne llamó, y tú seguiste
su onceno mandamiento, si mentiste,
si engañaste, si heriste, si humillaste;

Pero dilo en voz alta, sepan todos
los infiernos que tú lo hiciste, sientan
el vendaval que emane de tu boca...

Echa fuera el silencio y el misterio,
haz que fluya tu río, nada ocultes
y por siempre libérate, ¡libérate!























LLAVE DE LA RAZÓN


Fuga,
terrenal esencia.

Una llave es como una espada
que se nos clava en el pecho.

Vértigos da
contemplar su figura
de puñal y esternón.

Ego inmemorial,
llave cumplida
que remueve montañas en la pared.

¿Sobre quién caerán las otras loas,
contrariando, oponiéndose a su grito?

¿Sobre quién lloverán atlas enormes,
magullada la fe por los martillos?

Otros ya lo verán.
                            Tienes la llave.
Abres mundo reales e ilusorios.


















POEMA DE LOS ENIGMAS


1
Cuando suelen pasar
montañas grises
-vagas torres astrales-
veo la maduración
de la luz sonorísima
revelada en imágenes...
2
«Señor», te llaman,
das vueltas, te ves: eres un niño
colgado de la gran
interrogación esperada.

3
Y te vuelves por ver...
                         A ver: llamar te llama.
¿Quién no se enredaría entre aspa y remolino
si al hundirse comprende la razón imperfecta?

4
Hay una mano -¿cuál?- que planta las preguntas
en otra mano -¿cuál?- que adrede las reclama.






 TANTA MATERIA
   A Carmen Pérez Valerio

¿A quién le importará?
                                       Tanta materia
se desgrana en redor del universo...
¿A quién importará, ¡vasto infinito!,
la piedra echada al mar en nuestros juegos...?

¿A quién le importará? ¡Mejores días!
¡Cara o cruz! Ansiedad. Vivas palabras...
Y entre babeles y entre griteríos,
¿a quién importará la piedra ahogada?

Al soplo levantisco de una era
de burla al Prototipo -¡luz o flama!-,
y al resbalón de las ideologías,
¿a quién importará la piedra o nada?

—Al poeta...
                   Hilvana las palabras
-abalorios o piedras-. Son su credo.
¿Qué se escucha?
                             —¡Oh, dónde está mi curva
piedra que a cada instante echo de menos…?
¿Y dónde las rapsodias primordiales?
¿dónde la heroicidad de los sujetos?
¿Y dónde los amores entrañables?
¿echaron a volar tras los objetos?
¿Y cómo ha devenido la muralla
del honor en hurgado palimpsesto?
¡Areniscas, peñascos, gravas, tolvas,
conservad la Verdad y el Fundamento!
Hordas sordas, tropeles, torvas turbas
(quebrantáis todo sano mandamiento),
escuchad la canción que rueda a solas,
escuchad la Canción, verso y reverso:

♫♫♫…Desde el gesto ancestral en los menhires
sopla una eternidad que no es el viento…♫♫♫




MEDIO DE LOS SENTIDOS

Ese pacto final entre las luces
y el ojo, el órgano impaciente,
raíz del ver (¡el mundo, multitudes!),
¿de qué vale?
                     Al fin nunca podemos
aprehender el objeto, sólo luces
reflejadas.

Así fijé en oír el Absoluto...
Llegó hasta mí la Voz Fundamental
y posóse en mis tímpanos malditos
no aptos para oír su funeral.
La razón me arrogué. ¿A qué escuchar invictos?
¿La derrota a qué suena en tu cordal?

Pensé: debo tocar, tocar, tocar, no puertas,
no linos ni amatistas ni oropel,
sino lo duro, lo blando, la textura,
principio de un saber reconocer;
pero ¿cómo podré tocarte, luna,
infinito gigante, orbe, granel
de astros, nebulosas transparentes,
idea, espíritu, esencia, Alto Saber?

Hay una alternativa que se ofrece:
—¿Nunca has tocado un cuerpo de mujer?
















LOCO  SAGRADO
Y ETERNO

Lo vieron recoger papeles viejos
y estamparles su firma, con un trazo
claramente impreciso, tosco el brazo
que perdiera, de antaño, los reflejos...

Aleve trabazón de los espejos,
absurda como el beso y el abrazo:
con el mundo «vulgar» cortó su lazo;
miró a la «sociedad» desde lo lejos.

La alborada - que rueda-  hoy lo sorprende
frente a la multitud que le reprende
su facha, su “apestosa” humanidad...

Pero el hombre en su credo se hunde más:
el mundo es quien va loco, y no comprende
la razón en que giran los demás.



POEMA DEL ABRAZO CÓSMICO

Oscuro y reluciente,
elige la noche su color elucubrante.
Busca así las estrellas que pacen en Oriente.

Se anuda a las constelaciones:
aros, halos resueltos en la luz,
sonámbulas mariposas que tiñen el otoño
y suben la marea...
(todo lo penetra y expone
su ola reverberante)

El viento llega y se lleva los milenios
(torna azul esa cabeza gris),
pugna por detener marejadas enormes
de luces en lo alto.

Perviven las estrellas y los días.
Algarabía del existir
y del sentirnos.
Nos sentenciamos a atraparnos
para evitar duelo y caída.

Pero vamos andando, tomamos aserrín...
Ved: se adhiere polvo
a la madera pensante.

¡Conocimiento mayor
que se posee!

El soplo se levanta, empieza a andar,
errante continuo no caer (¡y no caerse!);
si cae:
la muerte y el vacío,
designio del plano horizontal.

Vienen entonces, por olas, los abrazos;
apretados exploramos los abismos.
No caigamos, por tanto, abracémonos...
Si caemos, polvo y ceniza somos, y tiempo sometido.


 GÉNESIS

—Estoy aquí
desde el Principio.

Soy el origen y la luz.

Soy el centro y la causa infinita.

Soy la razón de ser de la ecuación.

Soy la cuerda y el arco.

Soy el pez y la red.

Soy el eje del tiempo.

Soy el ir, y el volver....

Ni un repicar, ni un ángulo, ni un remover de un velo,
ni un sostener de alas ni un abatir primero,
fueron sombras creadas por la sombra...

Dije: «Sea» y apareció el misterio.
Dije: «Haya», y en floración fui nuevo.
Me esmeré hasta en el mínimo sorber de las raíces...

Con mi lento fluir, yo te sostengo.


















 HIJO PRÓDIGO

—Corrí una vez al aire y me perdí en el viento.
Toqué profundos páramos y timbres sostenidos.
Pero he vuelto, Dador, y hoy heme aquí en tus brazos
recibiendo tu amor a torrentes, a ciegas...

¡Señálame! Tu dedo no acusa ni me quema:
empuja mi costado para que libre gire.
¡Acógeme, Hacedor, iguálame a los tuyos
y te diré del múltiple agradecer infinito!

¿El cielo no tembló? Todo caía en racimos.
Yo mismo rodé ciego, desolado, en pedazos...

¡Acorázame: lléname del néctar de tus rosas!
¡Húndeme en los abismos o a tu altura levántame!




LA REFLEXIÓN DE SAULO

—Ya nunca blandiré palabras ni emociones.
Me iré a dormir muy lejos del jardín encendido.
Transformaré mis armas: las fundiré y con ellas
me haré yo la medalla para grabar mi sino.

¿Por qué me anduve siempre fijando letras muertas?
¿Por qué, como alfarero, me entretuve en el barro?
¿Por qué hube de esperar todo este tiempo, dígome,
cuando es mejor volverse para besar el látigo!

Yo me oía en la noche, zumbando en mis temores...
La oscuridad en su amplio costado me envolvía
hasta dejarme ciego en mi soledad austera...

Mas mi Damasco tiene su lógica escondida
porque, para el milagro de salvación entera,
estaba yo más ciego cuando dijiste: «Mira».



HIJO PRÓDIGO (2)

Todo lo puedo.
Regresar me ha dotado de fuerzas poderosas.
El hogar paterno me dio sentirme suyo...
y moraré tranquilo, enamorado eterno.

Cual cervatillo herido que vaga por los bosques
y remonta escarpadas colinas y se pierde,
gira en torno a malezas y breñares
y buscándose a gritos más se pierde,
y se agita y se espanta y más se pierde,
y se abstiene o se lanza y más se pierde,
así anduve, morando entre los hombres...
entre bestias ceñudas y sedientas
de riquezas, honores y oropeles.

...Fuime a beber al mar
                                   y en sus saladas aguas
me revelé incapaz de comprenderme a mí mismo,
y he vuelto a las descansos de los dulces arroyos
y de las claras fuentes y de los ríos límpidos...





RETABLO

Un corderillo solo
y herido entre los bosques...

Un corderillo solo
                         (podrá crecer la hierba),
la voz adolorida que clama entre sollozos:
«¡Regrésame, Pastor, a tus rebaños! ¡Ámame!»

Noventa y nueve tienes,
                         noventa y nueve balan.
Noventa y nueve veces volverás en calma;
mas el próximo giro no te será apacible...
¡y yo esperando ardiente que tú me llames! ¡Llámame!

¿Cómo podré, yo solo, cruzar los altos muros?
Mi sino es perecer, perderme en la montaña...
¡Aborréceme tú, que con aborrecerme
tu espíritu de amor, me sentiré salvado!
                                                         


...Todo misericordia, me miras, me redimes,
y yo lloro y me quedo, como un niño, en tus brazos...




















TÓCAME Y SÁLVAME

Habla en mi voz, en mí
dormita.
               Roja el alma,
entra en mi piel: sedúceme.
                                         Sintamos
el ardor de la lluvia, el amor, el abrazo.

¡Úsame, tómame, sacrifícame, sálvame,
posa en mí la pasión sin igual, desmedida!
¡Lléname, llévame, aromatízame, embriágame,
siénteme, hiéreme, pulverízame, sálvame!

Tú me escuchas. ¿Te atreves?
                      Tú me miras ¿Avanzas?
¡Haz que brote el cantar más solemne, deshazme!
Pon tu pecho en mi pecho y el milagro concédeme:
¡morir por ti, por siempre, por lo perfecto! ¡Llágame!



ALQUIMIA

Espíritu:
materia que se borra.

Espíritu:
materia
que se crea.

Constante materia
creándose y negándose.

Inconstante materia
sabiéndose constante.

(Quien le negó a la piedra
su aliento espiritual,
quien ordenó los mundos
que encontró
ya ordenados,
echó la piedra al mar
y –sordo- no escuchaba
su más triste sollozo...)

Soy.
      Estoy.
Vengo.
      Voy.
¿No me ves?
           Soy
la piedra que va al fondo.

Desciendo.
Mi sino: el otro extremo.
¿No me ves? Soy
la piedra que va al fondo.

La piedra
cae al río, cae
desde el espacio abierto;
cae la piedra,
se hunde con su espíritu;
juntos caen.

Cae la piedra
y el viento la desvía.
Cae la piedra
y el agua la resiste.
Cae la piedra
y el fondo la confunde.
Cae la piedra hasta el fondo que la forma.
Cae la piedra en la forma en que fondea.

La piedra funda el río y lo desborda,
la piedra funda al río y lo sostiene:
(piedra filosofal eres tú mismo).

Espíritu en la piedra:
elíxir de la vida.

Se burla del absurdo continente,
traspasa las barreras, los dominios,
sobrenada la nada y la supera...

Así lo señalaron los designios,
así lo demandó la Ubicuidad.































FIGURACIONES










































EL ÁRBOL DE MADRID


El
árbol, como el propio Hombre,
«avanza»; avanza apoyado en su pie clavado.
Lo nombras, y «florece»; florece apoyado en su pie clavado.
Como el Hombre, el árbol, se enreda, se anida, se enjambra,
se asombra y se va, se va triscando con su pie clavado.
Sube (crece),  fructifica, se enrumba y rueda con su pie clavado.
POETAS, SONAJEROS, COMPASES EN EL AIRE,
ACOMETIDA FORMAL DE LA IMPRESENCIA,
SILUETAS, NOMBRES,
HOMBRES:
¡El  árbol
camina
y se queda,
el  árbol
camina,
y se queda,
  el árbol
camina
y se queda!
 (Debes echar
 raíz... en el 
olvido, para alcanzar

                           la estatura de los muertos.)                        

















LA COPA DE INVIERNO


Pasar del tiempo,
pesar de los adioses,
pisar de los recuerdos,
posar de las heridas.
Sí; irse de bruces,
bajar la cuesta...
perlas...
perlas...
perlas...
¡Oh, perlas
desparramadas!








CANDIL   


+
Detrás del espejuelo
y la fronda
el hombre mira.
Acucioso,
desteje la maraña
junto al otro
(el Yo que le acompaña,
el forjador del aire que respira),
y hermanan la verdad con la mentira,
de cuentística y luz bellezas bañan,
se enamoran del día y la montaña
y, embriagados de sol,
 nacen, expiran...
Así, Díaz Grullón,
¡helénico!,
la noche
chocóse en tus rodillas,  la rueda
de su coche
el universo vasto del Verbo
desprendió...
Un día cualquiera vimos
 al límite del vértigo
cambiar de lado...
 Déjanos
abiertos al recuerdo
 leyendo tu poema
más alto: ¡el del Adiós!




























MAGNITUDES


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LA NIÑA DE LAS ABEJAS
La mañana volvía entre penumbras
y rostros,  bajo el dulce asomar de las caléndulas;
el tiempo no marchaba, puesto que Cronos mismo
miraba el aleteo ardiente de su caminar.

La niña removió el cerrojo del instante,
majestuosa y radiante.
                                  Seguían su aleteo
una luz y una mano, divinas e  invisibles.

Ataviadas, y al canto, volaron las abejas
-la razón de su vuelo fue coronarla allí-;

intocada y salvada de la avalancha dadora,
resurgiste y volaste por la gracia del dios.





ELEVACIÓN
   A Luis Beiro



Habla el árbol.

Absoluto, se expresa
en su lengua vegetal.

Imponente
               se alza el árbol
más allá de su púlpito.

Su decir tiene aroma,
rubor y gravidez:

«Ravegna fe
narecta e,
nesta nodon...»
(Ser que pasa,
toma el fruto,
nada debes...)

Habla el árbol.

Hable el árbol.

Yo me callo.

(Ante esta superior
forma de vida,
inclino las rodillas
y me callo.

En silencio contemplo
sus alturas...

porque mi frágil
corazón humano...

se enamora del haz
de lumbre pura...

y se siente tan árbol
como el árbol.)





















CARTA A SUETONIO

«No es lo mismo
-decía el maestro,
a ton de chanza o sentencia,
presente la mínima ocasión-
sin César
               que sin cesar»,
sentencia o chanza
sacada de libro alguno
o de invención propia.

Redonda la razón:
no hay
          ni es lo mismo
de los círculos al compás
                               que
del compás a los círculos,
siendo como son
el hombre círculo, compás
el supremo dador.

Dios
ve la cara del hombre;
los hombres
no la cara de Dios,
inobediencia y maldad los obnubilan,
y división, entre más cosas
por pensar y escribir
interpuestas también
entre círculo trazado y trazador.

Pero Cayo Suetonio, en fin,
el fin,
       al fin,
al mismo fin,
cuando César llamó
compañero a su soldado

y Octavio le llamó
soldado al compañero.



ALTER EGO

Guardo un guante de seda...
   —¡Alegoría!
un claro pensamiento...
   —Di: tu cruz.
un espejo de mano...
   —Un arcabuz…
guardo un jacinto al sol...
   —Y una alegría.


Mis proezas gloriosas...
    —¡Nada es tuyo!
la razón, el pensar...
   —Habla el orgullo.
el manchado papel...
   —¡Dímelo a mí!
   

Guardo cosas carísimas...
   —Lejanas…
abstractas, concretas...
   —Cotidianas…
para ese otro que se oculta en mí.
    



















ÍMPETUS
Para Alvar

Llegamos
hasta el parque, hoy domingo,
para subir nuestro papalote...

¡Qué gran sabiduría: volar los papalotes!
¡Atarnos a cordón con la libertad...
             y con el vuelo...
con el principio
de la eternidad!

Pero hoy
 no sopla el viento...
Alguna complicidad anda en los árboles...
Pero el volar insufla medrado paroxismo...

¡Y queremos llevar el papalote al viento!
«¡Lo hemos de ver!», les decimos, altas montañas, picos...

¡O prorrumpen los vientos y elevamos...
o llenamos los cielos de abanicos!






















 LA INTENCIÓN

Primera infancia
de los intentos.
Exuberancia.
Crepitación.

Desinencia huidiza
de las ideas,
raíz del hecho
(realización).

Le ataviaban a veces
turbantes blancos;

no recuerdo las veces
que se ocultó…

Y en las noches de absurdas
interrogantes
la encontraron temblando
por la emoción.



(¡Despertad! Dos vencejos
pasan volando:
es divina y humana
la condición.)
















APUNTES
(OFICIO Y OFICIANTE)

«Entonces ignoraba que también las canciones
como las hojas secas caían de los árboles...»
                              Franklin Mieses Burgos


Poesía.
También
la vi de niño en las hojas
cayendo de los árboles...
y la espié:
no es la técnica
ni la falta de ella:
es un aliento,
un reposar de óvalos discretos,
es un acontecer
innecesariamente verdadero...

2
Poeta:
el niño que se queda fabulando...
por sacar el saber de la alcancía.
¡Dichoso hombre que rompe la alcancía
-pues siente, bulle y ama en demasía-
y rueda en la existencia sin un método!
















PALABRAS DE OTÓN


Rugido que retumba
en el vacío...

Florecida en el mar,
naciente cosa...

Así,
desencontrado,
ardiente
o frío,
alicaído
a veces, a veces
impetuoso,
desbrozo encrucijadas,
desmonto las arenas,
traspaso las barreras,
deshago las fronteras

y adelanto.



Adelanto.
Me yergo y adelanto.

(Pedí perdón por las soberbias
y las iras,
por el amor
en exceso, el saber
de las pupilas
y el desdecir y el dardo
echado al viento.)

Marcharé entre las brasas,
bajo el lecho
de los ríos,
marcharé con los pies
destrozados,
                  ¡oh, pies míos!,
pero marcho,
pero marcho, pero marcho,
pero marcho, pero marcho, pero marcho...























A RITMO DE TAMBOR
(poema circular)


Y contento te marchas
si tu poema
ha quedado grabado
sobre la piedra.

Siglos vienen volando
y siglos van:
tu poema en la piedra
se lee igual.

No te rindas, poeta,
no te resignes
hasta verlo plantado
como una esfinge.

Pule, pule tu verso
como a tu sable:
hasta que grite
o hasta que hable.

Sé tú mismo reflejo
de tu escultura,
pero cuídate mucho
de la locura,

la que mira sin ojos,
la que relumbra
sin luz, y sin ruido
tumba y retumba;
la que llama sin voz
y cuando me llama
no respondo: prefiero
a su otra hermana,

menos cruel, menos dura,
menos frenética,
más hermosa sin dudas,
aunque esquelética,

que es amable y paciente
porque ella espera
que termine las líneas
de mi poema,

y con ella me marcho
si mi poema
ha quedado grabado
sobre la piedra.

Siglos vienen volando
y siglos van:
mi poema en la piedra
se lee igual.

No me rindo, poeta,
no me resigno
hasta verlo plantado
como una esfinge.

Pulo, pulo mi verso
como a mi sable:
hasta que grite
o hasta que hable.

Soy yo mismo el reflejo
de mi escultura,
pero cuídome  mucho
de la locura,

la que mira sin ojos,
la que relumbra
sin luz, y sin ruido
tumba y retumba;

la que llama sin voz
y cuando te llama
no respondes: prefieres
a su otra hermana,

menos cruel, menos dura,
menos frenética,
más hermosa sin dudas,
aunque esquelética,

que es amable y paciente
porque ella espera
que termines las líneas
de tu poema...

Y contento te marchas
si tu poema
ha quedado grabado
sobre la piedra.

Siglos vienen volando
y siglos van...

















[1] Me refiero a los números primos, divisibles enteramente por ellos mismos y por la unidad, que es Dios. (N.del A.)



                                                                                               





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Leopoldo Minaya 
Estadounidense nacido en el nordeste de la isla de Santo Domingo (noviembre 15, 1963), isla donde estudió leyes y se recibió de doctor en derecho, por lo que posee una triple nacionalidad (universal, primeramente).  Cursó además una maestría en Educación Urbana en el estado de New York.

Otras obras escritas y publicadas:

En el género infantil-juvenil:
La canción de AngelinaHistoria de la doncella que fue a la guerra, Cuento de los dos quijotes, Historia del niño René Rosales y de la flauta encantada, El tiempo niño o El libro de Alexander, Romance del pastorcillo, El conde niño. También Charada al pie de la luna, obra de teatro para niños.

En el género Poesía: Oscilación de péndulo, 1984; Preeminencia del tiempo, 1993; Preeminencia del tiempo y otros poemas, 1998; La hora llena, 2007; Poemas imaginarios, 2007, Los cantos sagrados y otros poemas (2019). 

Con El libro de la hormiga y Fabulilla de la isla de Santo Domingo o del halcón gerifalte y la zorra mañosa, el primero en prosa, el segundo en verso, incursiona en el difícil manejo de personajes que propenden a la crítica social y de la conducta humana (2020).

Tiene ensayos y comentarios críticos sobre temas literarios en periódicos y revistas nacionales e internacionales y en la red internet.

Blog oficial:
poemasdeleopoldominayablogspot.com





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