martes, 18 de agosto de 2020

OSCILACIÓN DE PÉNDULO *

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 Nota: Pulsando el enlace arriba indicado podrá leer completamente Oscilación de Péndulo, de Leopoldo Minaya, en forma de libro digital cuyas páginas ruedan a la derecha y a la izquierda como en el libro físico. Estos son los poemas de adolescencia del autor, escritos entre los 13 y los 17 años. En ordenadores de escritorio y otros artefactos de pantalla agrandada resulta más cómoda su lectura, según mi propia experiencia. Puede leerse igualmente en teléfono portátil, aunque no tan cómodamente. Si desea leer una selección en este blog, continúe abajo, luego de la portada:



 



                        SELECCIÓN:

DE AQUELLOS DÍAS
DEL CARNAVAL PERUANO

Llega la noche ya. Las aspas de un insecto,
borrachas, sobrevuelan las luces de neón.
Y todo es ruido y gloria y diversiones, efecto
y causa de ese vértigo que encierra la ovación.

Las luces se dilatan y se mantiene erecto,
rígido, el pedestal de espalda al murallón.
A mano izquierda un niño de rostro circunspecto;
a la derecha el ritmo, la gracia: el orfeón.

El tiempo que transcurre se entrega a lo estridente
como a una moza bella y desnuda, felizmente.
Llega la noche ya…  Se escucha presurosa.

Y chillan los mancebos y cruzan sin mucetas
obispos y doctores…  en tanto unos poetas
van tras el pro y el contra y el quid de cada cosa.





RÍO NAGUA

Debajo
de la fontana que formas
y te forma,
de tu desembocadura estrepitosa a veces
(primera caída de bruces
que conozco),
debajo de tus charcos, ensanchamientos
dispuestos como estómagos,
debajo de tus aguas,
de tu cuerpo copiado de los crótalos,
—anonadada
                   anonadándose—
queda la huella del último desborde
que, rudo, cometiste
contra el hombre.

Y cuentan,
más las mentiras,
que subiste y bajaste sin esfuerzo
los declives y las haldas
y en un segundo apenas, en un
”este es el mundo”
se hizo alud la ataraxia de tus piedras
y un infierno el furor de tu corriente
infinitesimal.

Y cuentan,
cuentan también:
ahogaste la dueña de las tiendas,
la turca sin turco y sin Turquía,
aquella que asustóme:

—Si me besas
(en la frente, en el labio, en
todo sitio),
con solo hacerlo,
ya serás un viandante hasta la muerte.
O si puedes
lávate con agua abundante y abundante
jabón y
de igual manera
ya serás un viandante hasta la muerte—.
De suerte que ahogaste a aquella hembra,
tu fuerza más grandes que sus nalgas.

Mañana,
cuando hurguen tu cuerpo los hombres, explorando,
no hallarán en tu fondo galeones ni oro,
sino llantos, lamentos, quejido sordo.

Llantos, lamentos, quejido sordo;
                                              además
un atabal tocado por las manos del tiempo,
una gayumba muda
y una mujer disuelta.





DEL ESTRIDOR AL ÉXTASIS

Cuando tú llegas
rompen las puertas sus prohibiciones
los espacios se ofrecen para que los transites
y la casa
—silencio
               anacronismo—
llena de estridores los cuartos y los pisos
y es como si la habitaran
címbalos

Cuando tú llegas Diana
cuando tú llegas
hablan chillones los estantes
los árboles las gentes
recobran el color rojoruidoso
las ventanas

Hasta mí llegas y
de sobresalto quedas
mansamente mirándome
dianamente observándome
                      Entonces
estalla el frasco
                    y el silencio
se derrama







AGOSTO, 1981

Contra el salitre de este mar nerudesco
o frente al galpón repleto de luces y estudiantes
evadíamos el tedio
                            —su sable—
tú con tu sueño largo encallado en tu propio cuerpo
yo con el mismo sueño
o mi camisa blanca

Después de la clase de filosofía pensábamos
pensábamos no en Marx no en Nietzsche no en Descartes
tu mano retomaba fuertemente la mía
el cielo era un gran ojo nuboso y nos miraba

Pero el tiempo la fiera desprovista y cobarde
y lo duro y lo adverso de este mundo pactaron
hoy no cuelgan tus ojos del espacio no cuelgan
hoy no estás en el aula 103 como antes





















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